lunes, septiembre 21, 2009

INTROITO CON “SUMO” COMO MUSICA DE FONDO

INTROITO CON “SUMO” COMO MUSICA DE FONDO

(Finde con una mujer en el crepúsculo de lo que pudo ser alguna vez algún amor).















Fuimos a encerrarnos en la pieza, quizás por última vez. Tú comentabas de la alfombra nueva, del velador, de lo costosa de la mudanza. Yo te miraba y te acariciaba un poco más las manos, después me quedé ensimismado con tu pelo; jugueteaba con tus prendedores y el tirante de la blusa. Nos quedamos mirando los libros de la repisa, repasando los títulos como si fuesen citas de algún antiguo y lejano testamento clerical. El espejo de la habitación nos devolvió la sonrisa expectante, multiplicó la cercanía de los cuerpos, se empañó un poco con la sensación de calor e ingravidez, como si palideciera o se sonrojara quizás por lo que pronto iba a presenciar.

Te llevaste el vaso a la boca y me lo ofreciste después, seguramente para asegurarte de tener el mismo sabor en la boca-beso que se aproximaba... (en algún momento hay una escena que falta, quizás la cinta o el dvd son los responsables)…, pero el punto es que el beso se hizo de nuevo entre tus labios, entre tus pechos y circundando tus pezones, les supliqué que me entregasen su néctar entre gemidos y traqueteos de la lluvia en la techumbre. Me entorpecí con la blusa que tú terminaste de sacar sobre mi cabeza, que en ese momento se dirigía a tu entrepierna húmeda; primero suplicante, luego soberano, con las manos estrechando tu cuerpo y acercándolo al placer de la reyerta.

Arranqué tus calzones ante la imposibilidad de hacerlos descender en la estrechez de la cama, esperando tu reprobación o alguna risita cómplice, pero sólo te limitaste a pilotarme con ambas manos como si se tratara de una operación de complicada cirugía, llevando al improvisado doctor por la senda correcta, señalizando el gusto, la profundidad y la secuencia apropiados.

Pronto encontramos el ritmo y la cadencia, la sincronización perfecta para el baile interminable, la escusa sublime de todos los poetas para describir los cráteres de la luna, de los pintores para ilustrarla, de los pianistas para un acalorado Nocturno de Chopin.

La lividez de nuestros cuerpos frente a la llama del gas, la intensidad y la furia de los embistes, fueron dibujando la coreografía aprendida por generaciones; desde los cuencos y el tambor, las pinturas de guerra y el tótem antropomórfico, transmitida por médicos brujos, ceremonias de iniciación y abuelos de cuentos picarescos, hasta las películas de Tinto Brass y los relatos de porno-shop.

La proyección de nuestras sombras, en el centelleo azul de la vela encendida a los pies de una repisa de madera, le dio un poco más de atmósfera al primer orgasmo; el aroma del incienso mezclado con las feromonas y algún perfume barato, nos invitó a continuar en la tarea acometida con júbilo y desenfreno, a pesar de que las fuerzas decayeran, intentando eternizar ese momento efímero que dura unas cuantas contorsiones entre quinientos siglos.

Los tres intentos fallidos por tumbarte al suelo en la siguiente expedición, me comunicaron que no querías ser mi temporal esclava en esta oportunidad ni darme tu espalda para embestirla cada vez más húmeda y acalorada, así que preferí dejar que siguieras dirigiéndome desde lo alto, señalando el camino como Amazona indómita, convirtiéndome en tu vasallo y portador de las buenas nuevas de tu regencia, frenéticamente iluminada para salir por fin de la confusión y las tinieblas.

Me quedé mirándote, galopando suave sobre mí, como si el mundo se hubiese detenido allá afuera, como si todos se hubiesen marchado a buscar naves espaciales para viajar a otro mundo cual se predecía en “Crónicas Marcianas”, con un Ray Bradbury anunciando que vendrían lluvias suaves, o tal vez sólo éramos el último hombre y la última mujer sobre la tierra, el último polvo y la última vida, sin las más puta intención de dejar algún legado o alguna pista, una carta o piedra roseta, algún libro, un poema, un árbol o un hijo desconocido.

Te tendiste luego sobre la cama, sonreíste, me regalaste un beso y encendiste tu cigarrillo. El humo cruzó sobre mi cabeza y se elevó hasta el techo. Cerré los ojos e imaginé que se dibujaba un corazón…


René Acevedo M., septiembre de 2009.


“No sé lo que quiero, pero lo quiero ya
si yo fuera tu esclavo te pediría más.
No sé lo que quiero, pero lo quiero ya,
si fuera tu esclavo te pediría más.”
Luca Prodan, Sumo, Lo Quiero Ya.


Pintura: "Amantes 35" Acrilico / Lienzo 60x70 cm.
Nicoletta Tomas Caravia, Madrid, España (autodidacta).


6 Comments:

At 3:31 p. m., Blogger Bianka Bowie said...

Lamento no haber tenido tiempo antes de pasar aquí... Me mataste René!
Quiero ser una pequeña padawán jajaja!

Me carga adornar frases para decir sentimientos sinceros y violentos:
Me mataste, me diste en la cabeza como con una piedra, me apretaste el corazón...

Me encantó tu prosa...

Nos vemos pronto.. :D

 
At 4:02 p. m., Blogger rpoeta said...

Gracias Bianka
un beso grande, regresa cuando quieras y espero nos veamos muy pronto...

 
At 1:05 a. m., Blogger Huayat . said...

A esa posición le llamo cuando ellas montan el macho y hay unas que lo saben montar muy bien.
Salud-os desde mi caverna solitaria.

 
At 1:17 p. m., Blogger rpoeta said...

Gracias Huayat,
ojala nos encontremos en la proxima manini, saludos!!

 
At 4:57 p. m., Anonymous Anónimo said...

Me recuerda escenas imaginadas cuando leí a Rayuela hace un tiempo atrás. Lo que quiero decir con esto es que la expresión de los sentimientos se pueden captar a flor de piel.

Pero me mató la unión de la prosa con el tema de Prodan.

C.

 
At 8:20 p. m., Blogger rpoeta said...

Gracias C
besitos y pase mas seguido!!

 

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